La obra de Antonio Martínez Ruiz empezó donde termina el mar. Paseando por la orilla, recogía trozos de madera que la corriente había pulido durante meses o años. No buscaba materiales caros: buscaba materiales con historia. Una tabla vieja, un palé abandonado, una rama arrastrada por la rambla después de una tormenta.
Fue autodidacta y empezó tarde. Nacido en Albox en 1955, dedicó buena parte de su vida al comercio familiar. Siempre le había gustado trabajar la madera, pero no con fines artísticos. La vocación despertó a principios de los años 2000, casi de golpe, y desde entonces no ha parado.
El material manda
Trabajar con madera recuperada cambia la manera de esculpir. No se parte de un bloque perfecto que uno somete a su idea; se parte de una pieza que ya tiene forma, vetas, grietas y una vida anterior. El escultor escucha esa forma y la lleva a donde quiere ir. Con el tiempo pasó de las pequeñas tallas a obras en madera de haya y sapeli, y a composiciones cada vez más personales.
Referencias que no se esconden
En su obra conviven homenajes claros: las miradas de Oswaldo Guayasamín, la fuerza de Pablo Picasso, el misterio de las Líneas de Nazca. Y una referencia cercana, el maestro Pedro Gilabert, con quien comparte el amor por la madera y la circunstancia de haber encontrado el arte ya mayor.
Aquellas primeras maderas del mar siguen presentes en cada pieza, aunque hoy el metal y el óxido hayan tomado el relevo. Lo que no ha cambiado es el punto de partida: mirar un material que otros descartarían y ver dentro una escultura.