Hay materiales que se dejan tallar y materiales que hay que escuchar. El óxido pertenece al segundo grupo. No se impone: se acompaña. Se prepara la chapa, se somete a los agentes que la oxidan y luego llega la parte más difícil, que es esperar. El tiempo hace su trabajo y uno decide cuándo detenerlo.
En los últimos años esta es la línea a la que Antonio Martínez Ruiz dedica más horas. Después de años de talla en madera, el óxido le ofrecía algo que la gubia no podía darle: una superficie viva, que sigue cambiando de tono según la luz y que guarda la memoria de cómo se formó. Cada pieza es irrepetible porque nunca dos oxidaciones son iguales.
El tiempo como colaborador
Trabajar el óxido obliga a ceder el control. El escultor plantea la forma —una figura, un grupo de personas, un toro— y prepara el metal, pero el resultado final lo firman entre dos: sus manos y la intemperie. Esa colaboración con lo que no se puede dominar del todo es lo que da a estas obras su carácter. Nada parece nuevo; todo parece haber estado ahí desde siempre.
De la denuncia a la memoria
Muchas de estas piezas parten de una imagen concreta. En «14 abril», por ejemplo, un grupo de figuras oxidadas avanza en manifestación; una de ellas viste los colores de la bandera de la República. El óxido, aquí, no es solo técnica: es el idioma adecuado para hablar de lo que el tiempo desgasta y de lo que, a pesar del tiempo, permanece.
Cada obra sale del taller de Albox como pieza única, original y firmada. No hay ediciones ni reproducciones: lo que el tiempo hizo una vez, no vuelve a hacerlo igual.